Tiempo de lectura: 5 minutos
Versículo principal: Mateo 22:37
“Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente.”
Mateo 22:37
Cuando le preguntaron a Jesús cuál era el mandamiento más importante, Él resumió toda la ley y los profetas en una sola verdad: amar a Dios por encima de todo.
Jesús no habló solamente de cumplir reglas o realizar actividades religiosas. Habló de una relación profunda con Dios, una relación que involucra todo nuestro ser: corazón, alma, mente y fuerzas.
1. Amar a Dios con todo nuestro corazón
El corazón representa nuestros sentimientos, afectos, deseos y pasiones. Dios no quiere ocupar simplemente un espacio en nuestra agenda. Él quiere ser el centro de nuestra vida.
Podemos decir que amamos a Dios, pero nuestras decisiones y prioridades también deben demostrarlo. Si algo ocupa constantemente el lugar que solamente le corresponde a Dios, debemos examinar nuestro corazón.
El fútbol, el trabajo, las relaciones, los hijos, los pasatiempos, las redes sociales o incluso nuestros propios proyectos pueden convertirse en prioridades desordenadas.
Por eso Proverbios 4:23 nos recuerda:
“Sobre toda cosa guardada, guarda tu corazón; porque de él mana la vida.”
Guardar nuestro corazón significa cuidar aquello que gobierna nuestros afectos y deseos, permitiendo que Dios tenga el primer lugar.
2. Amar a Dios con toda nuestra alma
Amar a Dios con el alma significa permitir que Él defina quiénes somos y hacia dónde vamos.
Nuestra identidad no depende de nuestros logros, errores, opiniones de otras personas o circunstancias. Nuestra identidad está en Dios: somos sus hijos y le pertenecemos.
Cuando Dios ocupa el centro de nuestra identidad, nuestras decisiones también comienzan a alinearse con su voluntad. Esto incluye nuestras relaciones, nuestro matrimonio, nuestro trabajo, nuestros proyectos y cada decisión importante.
Amar a Dios es buscarlo continuamente, conocerlo más y desarrollar una relación con Él. No se trata solamente de asistir a la iglesia, sino de vivir una devoción diaria.
Como expresa el Salmo 42:1:
“Como el ciervo brama por las corrientes de las aguas, así clama por ti, oh Dios, el alma mía.”
3. Amar a Dios con toda nuestra mente
Nuestra mente representa nuestros pensamientos, decisiones y convicciones.
Amar a Dios con nuestra mente significa permitir que su Palabra gobierne nuestros pensamientos. No todo lo que pensamos, sentimos o escuchamos debe dirigir nuestra vida. Necesitamos llevar nuestros pensamientos a la verdad de Dios.
Filipenses 4:8 nos enseña a pensar en todo lo verdadero, honorable, justo, puro, amable y digno de alabanza.
Cuando nuestra mente se llena de la verdad de Dios, nuestra manera de ver las circunstancias y responder ante ellas también cambia.
Por eso debemos preguntarnos: ¿Qué está ocupando mi mente cada día? ¿Lo que pienso me acerca a Dios o está desplazando su lugar en mi vida?
4. Amar a Dios con todas nuestras fuerzas
Amar a Dios con nuestras fuerzas significa poner a su disposición nuestros dones, capacidades, recursos, tiempo e influencia.
Cada persona tiene algo que puede ofrecer al Señor. Algunos tienen habilidades para organizar, otros para enseñar, cocinar, administrar, trabajar con tecnología, hablar con personas, servir o evangelizar.
Todo lo que Dios ha puesto en nuestras manos puede convertirse en una herramienta para glorificarlo.
No importa cuál sea nuestro trabajo o profesión. Podemos utilizar nuestro círculo de influencia para compartir el amor y el mensaje de Cristo.
Deuteronomio 6:5 dice:
“Y amarás a Jehová tu Dios de todo tu corazón, y de toda tu alma, y con todas tus fuerzas.”
Dios no quiere una parte; quiere el centro
La enseñanza de Jesús nos lleva a una pregunta profunda: ¿Dios realmente ocupa el primer lugar en mi vida?
Dios no quiere competir con nuestro celular, nuestro trabajo, nuestras relaciones, nuestros pasatiempos o cualquier otra cosa. Cuando algo ocupa el lugar que le corresponde a Dios, debemos volver a ordenar nuestras prioridades.
Amar a Dios no es solamente hacer cosas para Él. Antes de hacer, Dios nos llama a amarlo.
Cuando nuestro servicio nace del amor, dejamos de hacerlo por obligación y comenzamos a hacerlo como una expresión de gratitud y devoción.
Jesús debe estar presente desde que despertamos hasta que terminamos nuestro día. En nuestras decisiones, pensamientos, relaciones, trabajo y proyectos, Él debe ser el centro.
Una relación de devoción
Nuestro caminar con Dios no es una religión vacía ni una obligación. Es una relación.
Dios nos amó primero y nos invita a responder a ese amor.
“Nosotros le amamos a él, porque él nos amó primero.”
1 Juan 4:19
Hoy podemos hacer una pausa y preguntarnos:
¿Qué área de mi vida todavía no le he rendido completamente a Dios?
Tal vez sean nuestros pensamientos, emociones, relaciones, tiempo, recursos, sueños o planes. Hoy podemos entregárselo nuevamente y decir:
“Señor, quiero amarte con todo mi corazón, con toda mi alma, con toda mi mente y con todas mis fuerzas. Sé el centro de mi vida y enséñame a vivir cada día para tu gloria.”
Porque cuando Dios ocupa el primer lugar, todo lo demás comienza a encontrar su lugar.
Oración
Señor, hoy rendimos nuestro corazón, nuestra alma, nuestra mente y nuestras fuerzas delante de Ti. Ayúdanos a amarte por encima de todo y a colocarte siempre en el centro de nuestra vida. Que nuestros pensamientos, decisiones y acciones reflejen el amor que tú nos has dado. En el nombre de Jesús. Amén.
Atentamente,Pastor Guillermo Ayala

0 comentarios